Un análisis profundo sobre el tránsito paradigmático de una disciplina nacida bajo la tutela médica hacia su consolidación como pilar insustituible de la trama social, cultural y clínica del país. A propósito del Día del Psicólogo, las reflexiones del Lic. Eduardo Tula en ¿ Qué pasó esta semana ? Radio Bicentenario Digital trazan un puente entre la memoria histórica nacional y el compromiso territorial en General Rodríguez.

La conmemoración del Día del Psicólogo cada 13 de octubre en la República Argentina excede con creces la mera calendarización de una efeméride gremial; constituye el recordatorio de un acto deliberado de emancipación política y teórica. En el marco de una extensa entrevista concedida al programa ¿Qué pasó esta semana ? conducido por Francisco Cirigliano en Radio Bicentenario Digital, el Lic. Eduardo Tula examinó el derrotero histórico que transformó a la psicología en una disciplina medular de la vida civil y la salud pública del país, rescatando los cimientos de una memoria institucional moldeada por la resistencia y la exigencia de autonomía profesional.
Para dimensionar el valor estratégico de esta fecha es indispensable reconstruir el escenario de 1974. Entre el 11 y el 13 de octubre de aquel año, la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Córdoba se convirtió en la sede del histórico congreso convocado por la Confederación de Psicólogos de la República Argentina (COPRA).
La urgencia de esta cumbre radicaba en quebrar una subordinación estructural: hasta ese momento, el ejercicio de la psicología estaba encasillado en el rol del «secretario del psiquiatra», desprovisto de potestad legal para conducir procesos psicoterapéuticos de manera independiente, una facultad reservada con celo corporativo a los médicos graduados. Esta contienda de legitimación fue encendida por figuras tutelares del pensamiento nacional como Enrique Pichon-Rivière, Arminda Aberastury y José Bleger, quienes no solo concibieron los marcos teóricos fundacionales, sino que impulsaron activamente la creación de las carreras de psicología.
El avance logrado en 1974 enfrentaría, no obstante, un embate devastador con el advenimiento de la dictadura cívico-militar de 1976. El régimen clausuró las carreras públicas de psicología en todo el territorio nacional. Frente al cercenamiento del espacio universitario estatal, el refugio académico quedó confinado a instituciones privadas como la Universidad del Salvador, donde la currícula fue reconducida hacia el estudio casi exclusivo de la filosofía medieval y cristiana, bajo la exégesis de pensadores como Santo Tomás de Aquino y San Agustín.
Con la restitución democrática a fines de 1983, la disciplina emprendió su reorganización institucional y su definitiva escisión del ámbito de las letras. La carrera se emancipó jerárquicamente. Mientras la Facultad de Filosofía y Letras fijó su sede en la calle Puan, la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA) estructuró su identidad académica en dos sedes emblemáticas: la de Avenida Independencia y Urquiza, y la de Hipólito Yrigoyen y 24 de Noviembre, esta última contigua a la plaza Mujica Láinez.
La trascendencia política de aquel hito de COPRA radica en que no solo posibilitó la posterior validación de la matrícula legal para el ejercicio libre de la profesión, sino que subvirtió la hegemonía médica en el campo de la salud mental. Reconocer al psicólogo como un profesional autónomo constituyó una liberación epistemológica: el sufrimiento psíquico dejó de ser leído como un desorden exclusivamente biológico para ser escuchado en su singularidad constitutiva y su complejidad subjetiva.
Persiste en el imaginario colectivo un mito urbano que reduce el ejercicio de la psicología a la escena diádica e íntima del consultorio privado. Si bien el encuadre clínico individual representa un eje de relevancia, la disciplina se despliega en una vasta red de campos de intervención dondequiera que habiten e interactúen seres humanos. Tal como argumentó el Lic. Eduardo Tula, la psicología se extiende de forma decisiva al ámbito laboral, la esfera jurídica, el sistema educativo, la psicología deportiva y el abordaje comunitario.
La integración de la psicología en disciplinas de alta exigencia pública es hoy una realidad insoslayable. En la psicología deportiva de alto rendimiento, por ejemplo, dinámicas que en décadas pasadas resultaban impensables hoy se hallan totalmente naturalizadas. Un caso ilustrativo ocurrió durante el Mundial de Fútbol de Catar 2022, cuando el arquero de la selección argentina, Emiliano «Dibu» Martínez, tras recibir dos goles en el partido debut contra Arabia Saudita, recurrió de inmediato al auxilio de su psicólogo. Este episodio expone cómo la asistencia profesional en la contención de la frustración y la gestión del estrés se ha incorporado orgánicamente al deporte de élite.
Asimismo, dentro de las intervenciones territoriales, se vuelve imperativo deslindar con precisión las fronteras conceptuales entre la Psicología Social y la Psicología Comunitaria, dos enfoques con genealogías teóricas y horizontes de acción diferenciados:
El alcance transformador de estas disciplinas sobre el padecimiento humano se ilustra en un episodio histórico atribuido a Enrique Pichon-Rivière durante su desempeño en el Hospicio de las Mercedes (actual Hospital Borda) y en el Open Door. Frente a una huelga intempestiva de enfermeros que amenazaba con paralizar la atención, Pichon-Rivière adoptó una determinación inédita: capacitó y asignó tareas de asistencia a aquellos pacientes psiquiátricos que no presentaban cuadros severos o agudos. El resultado fue revelador: al investirlos de una responsabilidad funcional, los pacientes se orientaron espontáneamente en tiempo y espacio. La asignación de una tarea concreta operó una conversión en la economía psíquica, transformando al paciente pasivo en un sujeto activo y demostrando que la inserción en un trabajo compartido posee una potencia terapéutica capaz de reorganizar el psiquismo.
Esta lección histórica fundamenta la necesidad de desarticular las visiones hiperindividualistas de la salud mental, abriendo paso a una rigurosa crítica de la noción contemporánea de autosuficiencia.
En el mapa cultural contemporáneo, copado por discursos de autoayuda, lógicas meritocráticas y modas terapéuticas que promueven el precepto de «estar bien uno mismo para poder ayudar al otro», la perspectiva psicoanalítica fuertemente lacaniana en la tradición porteña y bonaerense opone un desmentido categórico. El Lic. Eduardo Tula cuestiona severamente el uso mercantilizado de la palabra «sanar» y el mito del individuo como entidad aislable.
Desde la praxis analítica se sostiene una máxima innegociable: el ser humano es un sujeto constitutivamente social; es imposible concebir la subjetividad en la orfandad del lazo con el Otro. La identidad no es una emanación biológica autónoma, sino una trama tejida por las historias, marcas e inscripciones familiares que Pichon-Rivière y la clínica nombran como determinantes identitarios.
Una evidencia empírica insustituible de esta condición es el célebre caso del «Salvaje de Aveyron», documentado en Francia a fines del siglo XVIII. Al ser capturado en un bosque en estado silvestre, el niño desplazaba su cuerpo en cuatro patas, carecía de lenguaje articulado y no manifestaba reacción térmica ante los rigores del invierno o el verano. Era insensible al impacto acústico de un cañonazo a sus espaldas, pero giraba velozmente si a sus espaldas caía una nuez al suelo, revelando una adaptación sensorial circunscrita de forma exclusiva a la supervivencia adaptativa.
El trágico desenlace de las tentativas por «civilizarlo» . El joven terminó muriendo de una simple gripe o resfrío tras ser expuesto a la vida urbana, demostró que la especie humana no posee un instinto de conservación puro de carácter salvaje al cual retornar. El ser humano es el único animal que se domestica a sí mismo únicamente a través del lenguaje y la trama social; al privárselo de su coraza biológica primaria mediante una humanización apresurada, perdió sus defensas sin haber logrado estructurar un psiquismo pleno. La constitución subjetiva exige la presencia viva de un Otro materno: si el recién nacido es amamantado sin una mirada y una palabra cargadas de afecto, sobreviene la muerte biológica por marasmo. Es a través de la función materna y la experiencia crucial del estadio del espejo como el infante logra unificar las sensaciones de un cuerpo fragmentado, asumiendo una imagen que, en un principio, le es exterior.
Esta comprensión radical del sujeto marca una grieta insalvable entre el psicoanálisis y enfoques como la Psicología Cognitivo-Conductual. Mientras las técnicas cognitivo-conductuales operan atacando directamente el síntoma mediante esquemas de reeducación, exposición graduada o adoctrinamiento conductual para suprimir la conducta desadaptada, el psicoanálisis entiende que el síntoma es, con frecuencia, la única amarra o invención subjetiva que el paciente ha logrado construir para no desmoronarse.
El trabajo psicoanalítico se dirige a indagar la causa del síntoma para que el sujeto pueda realizar una transmutación simbólica. Esta operación se comprueba cotidianamente en la labor desarrollada en instituciones como el Cedronar con personas atravesadas por adicciones severas: el espacio analítico permite que el sujeto sustituya de manera simbólica la fijación a la «bolsita de sustancia» por el impulso para adquirir el «bolsón de materiales» destinado a la construcción de su propia vivienda, reorientando el empuje pulsional hacia un proyecto de vida.
Esta complejidad exige una posición ética ineludible por parte del terapeuta: la obligatoriedad del propio análisis personal. Un profesional solo puede acompañar el sufrimiento del paciente hasta el límite exacto donde ha logrado esclarecer sus propios conflictos psíquicos; de lo contrario, sus prejuicios, puntos ciegos e inhibiciones actuarán como barreras infranqueables que obturarán la escucha.
El encuentro psicoanalítico no es una «charla de café». Aunque en la superficie conserve la apariencia de un diálogo cotidiano, el dispositivo clínico se sostiene sobre una estructura ética e instrumental sumamente rigurosa. El principio rector del ejercicio es el secreto profesional. La ruptura inmotivada de la confidencialidad constituye una falta ética gravísima que acarrea la suspensión de la matrícula legal. Debido a esto, la exposición de casos clínicos en congresos o seminarios científicos requiere exigentes protocolos de resguardo: desde la alteración sustancial de nombres, geografías y datos filiatorios, hasta la firma obligatoria de compromisos de confidencialidad en actividades académicas presenciales sin transmisión virtual.
En el orden de la técnica, la posición del analista demanda despojarse de toda pretensión de saber preconcebido sobre el sujeto. Invocando los desarrollos teóricos de Diana Rabinovich a partir de los seminarios de Jacques Lacan, el Lic. Tula evoca la metáfora del «analista cabeza de chorlito»: una postura de deliberada humildad donde el profesional suspende su propio ego y su erudición para permitir que emerja el único saber determinante en el dispositivo: el saber inconsciente del propio paciente.
En esta escucha despojada de juicios morales, mandatos punitivos o consejos apresurados, la producción de los sueños se constituye en un material insustituible, caracterizado en la clínica analítica como «oro puro», «el mármol de Rafael, el mármol de Miguel Ángel». Mediante la regla técnica de la asociación libre, el texto del sueño permite sortear las defensas yoicas del sujeto y acceder a formaciones del inconsciente impredecibles tanto para el analista como para quien analiza.
Un claro ejemplo de esta operatividad clínica es el caso de un paciente que relata un sueño desconcertante: acude a un almacén a comprar caramelos, pero el comerciante, en lugar de golosinas, le entrega grasa de motor de estación de servicio. Ante el desconcierto del paciente, el analista no impone una interpretación prefabricada, sino que interroga: «¿Qué se le ocurre con esto?». A través de la asociación libre inmediata, el paciente vincula la grasa con el recuerdo reprimido de las deposiciones en los pañales de su abuelo enfermo. Un detalle aparentemente absurdo del sueño despliega una cadena asociativa que abre la vía hacia la resolución de un malestar crónico o un trauma no elaborado.
El valor de la palabra en la clínica reside en esa capacidad de permitir al paciente «mirar la jugada desde otro ángulo». La escucha desprovista de juzgamiento habilita al sujeto a desmontar la repetición sintomática que signa su padecimiento, sustituyendo la compulsión por el alivio de la palabra.
La trayectoria clínica y la solvencia teórica del Lic. Eduardo Tula no se agotan en la práctica privada o institucional; se entrelazan activamente con su vocación como escritor e intelectual en el municipio de General Rodríguez, demostrando que la salud mental, la creación literaria y la construcción comunitaria forman un tejido indisoluble. Tras su participación en la antología colectiva de cuentos Sociedad Siniestra y la publicación de obras de su autoría, Tula ratifica la eficacia de la palabra escrita como herramienta de cohesión y memoria social.
En este horizonte de articulación cultural se enmarca la realización de la 1ª Feria del Libro de General Rodríguez, organizada por la filial local de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE):
- Fechas de desarrollo: Del 19 al 25 de octubre.
- Sede central: Cámara Empresaria de General Rodríguez (Hipólito Yrigoyen 366).
- Acontecimiento destacado: El jueves 22 de octubre a las 19:30 hs se llevará a cabo la presentación oficial del libro del Dr. Enrique «Pocho» Luis Bravo —reconocido cirujano maxilofacial y odontólogo de la comuna—, evento que contará con las palabras de presentación a cargo de Ana Praderio.
- Impacto territorial: La feria congregará a delegaciones escolares, editoriales y autores locales, constituyéndose en un hito de confluencia para el entramado social del distrito.
En el tramo final de la entrevista , el Lic. Tula hizo extensivo un fraterno saludo a las psicólogas y psicólogos que ejercen cotidianamente en General Rodríguez, reivindicando una profesión que interviene de manera decisiva en las dolencias y esperanzas de la comunidad.
La historia de la psicología en Argentina enseña que la escucha clínica jamás ha sido un acto neutral o aislado: es una práctica forjada en la lucha institucional, enriquecida por la teoría social y éticamente comprometida con la dimensión humana. Desde las deliberaciones colectivas de COPRA en 1974 hasta el trabajo diario en los barrios y los consultorios, la profesión mantiene viva su vocación originaria: aloja el padecimiento psíquico para devolverle al sujeto la dignidad de su propia palabra y el pleno derecho a la vida comunitaria.